Ventanas al pasado |
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Mis fotografías dan testimonio de un México perenne que como hijo de un médico ejidal visité desde mi infancia y que ahora como fotógrafo exhibo. Muestro el rostro de un México que apenas ha cambiado por el paso de los años desde que lo describió Juan Rulfo. Una ventana de piedra nos muestra el desierto mexicano, visión que es seguida por la de las ruinas devoradas por la ceiba de lo que alguna vez fue la casa del conquistador. Monumentos de piedra quedan como testigos de lo que fueron las grandes haciendas. La tierra es dura y reacia a entregar sus frutos como lo muestra la vegetación que apenas sobrevive. Salvo la última, las fotografías están desprovistas de la presencia del hombre, como Comala tras el reinado de Pedro Páramo. Un perro vagabundo al frente de ruinas de piedra es el único indicio de que el país rural conserva algún tipo de vida. A pesar de que en el presente la vida en estos parajes se ha extinguido, en el pasado remoto parecía repetirse en forma casi idéntica de generación en generación. Huellas de ese pasado cíclico parecen quedar ahora a la vista y así vemos en una fortaleza, un arco dentro de un arco, dentro de un arco, fortaleza recorrida ahora sólo por los fantasmas de los prisioneros que alguna vez la habitaron. Un Cristo mira hacia abajo suplicante. No se trata aquí de cristeros como el padre Rentería, ni del catolicismo tradicional que conocí en escuelas religiosas. Se trata, sí, de un Dios del desierto, traído por los españoles a un país mayoritariamente desértico, y los hombres ven a la divinidad que los mira, pero ignoran lo que ve. He vivido en el país rural ahora abandonado, casi todos se han ido, unos a la gran ciudad de México, otros al gran país del norte, quizá por ello estos paisajes desérticos y selváticos –nunca urbanos- se hallan tan colmados de ausencias. Al igual que las ruinas españolas, que poco a poco se incorporan al suelo bajo sus cimientos, las raíces del pueblo mexicano se nutren de un pasado rural que no desaparece simplemente sino que se incorpora de manera infinitamente compleja junto con los vientos que soplan desde el norte, procedentes de tierras de habla inglesa, donde yo, al igual que millones de otros mexicanos, he vivido. Al abandono sigue la acción de la naturaleza cuya fuerza prevalece al final sobre la mano del hombre. La última imagen muestra a un personaje solitario, único testigo de este hecho inevitable. Resignado, observa al pie de ruinas del pasado la salida de árboles por las ventanas y la invasión por raíces a los muros de piedra, mirando al igual que el Cristo, hacia el horizonte de un futuro incierto que no nos es mostrado quizá porque debemos descubrirlo por nuestros propios medios.
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Mención especial del Premio Juan Rulfo, Unión Latina Martin Chambi, Paris, Francia 2006. |
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